Los que me siguen desde hace
un tiempo saben que estoy divorciada pero en muy buenas relaciones con el papá
de mis hijos, él me pasaba a buscar siempre que había reuniones de familia y me
traía de vuelta, nunca hubo ningún gesto que denotara el fastidio por la
molestia, siempre buena voluntad y generosidad. El fin de semana anterior pasó
el domingo con mates y charlas, el martes se sintió mal, fue al sanatorio y le
decretaron neumonía. El miércoles su corazón dijo basta. Todo fue tan rápido
que no pudimos registrar la mínima evolución de los hechos. Nos enmudeció la sorpresa,
el dolor ante lo inevitable. Cuando sucede de esta manera uno trata de buscar
respuestas, no las hay, ya pasó y no hay remedio. La familia se une para hacer
lo necesario, se abraza, se consuelan unos a otros. Y después sigue el dar la
noticia a los más viejos y los más chicos, otro momento inenarrable, hay que llegar
entero a ese instante para acompañar la reacción con fortaleza. Y ahora nos
quedamos sin su presencia en todas las reuniones, su colaboración cotidiana
ante las necesidades. Ya no podré llamarlo o mandarle mensajes para contarle
que el programa de tangos tiene tal o cual artista de visita. Ahora
comenzaremos un nuevo camino donde él será el recuerdo.