miércoles, 1 de julio de 2020

NO COMER CARNE ALARGA LA VIDA... ¡SOBRE TODO LA VIDA DE LA VACA!


               Empieza como chiste, pero es la realidad que se vive en muchos lugares y personas. Todo lo que se haga para vivir bien y comer saludable es loable, por lo tanto, si alguien decide que su dieta sea solo vegana o vegetariana o sus variables, exentas del consumo de carne animal, bienvenido sea. Así como pienso que está bien y es sano decidir cada uno su alimentación, también opino que no está bueno meterle ideas como martillo en la cabeza de los otros, decisiones personales. Porque esto es lo que sucede muchas veces. Una persona conocida del ambiente artístico, en pleno aire de televisión, dijo que no hay que vacunarse, que no es necesario si se toma el vaso gigante con alimento de color verde en su interior, cada mañana. Afirmó, que la alimentación exenta de carne animal no necesita de vacunas en las personas que así lo hacen. Una burrada fenomenal, que gracias a la pronta difusión, tuvo sus desmentidas por distintos profesionales de la salud. Pero, como todo influye, hubo gente que hizo caso de esos consejos delirantes, no vacunó a sus hijos y hubo rebrotes de sarampión y sus nefastas consecuencias. Familiares míos que han comido suculentos asados, vivieron muy bien por muchos años. Hace un tiempo, hubo un reportaje a dos hermanos gemelos que cumplían noventa y tantos años, uno era abstemio y no consumía carne, el otro tomaba vino a diario y comía todo tipo de corte animal. Se los veía muy bien a los dos, contentos y felices. Y me parece que esto puede cerrar el tema, lo importante es hacer uno lo que siente, y dejar a los demás que hagan lo mismo.

domingo, 28 de junio de 2020

EL FORASTERO

(En este tiempo estoy sacando de mi carpeta de cuentos algunos viejitos que andan por ahí, no sé si alguno ya fue publicado en el blog, pido disculpas por las dudas, desde 2011 ya perdí la cuenta!)



                    El hombre llegó arrastrando los pies y se sentó a beber, casi no se lo escuchó hablar. Su portafolios, viejo y raído, reposaba en el piso, cerca del mostrador. Dejaba pasar las horas con el vaso en la mano, a veces agitaba el aire hasta encontrarlo y bebía insaciable.
                    El dueño del boliche lo llenaba de nuevo, como atento a una orden predicha, un acuerdo entre los dos. De a ratos lo observaba de reojo, calculando cuándo caería inconsciente. Pensaba, “otro más para el fiado, mejor le voy cobrando ahora para no perder todo después”. Le llamaba la atención que de vez en cuando girara la cabeza hacia la escalera. Su mujer llegaría de un momento a otro, no le gustaba madrugar. Se miró las manos, las manchas delataban la edad, años y años la misma rutina, sin cambio en días y noches, ¿para qué? En el pueblo estaban habituados a entrar y olvidarse del mundo, algunos jugaban a los dados, otros a las cartas, la mayoría, simplemente se ponía a tomar hasta que había que ayudarlos a llegar hasta sus casas. Estaba tardando demasiado, tendría que subir a despertarla. Dos años atrás llegó como de paso y se quedó. Mejor dicho, él la había hecho quedar, en cuanto la vio, se enamoró. Después, el tiempo hizo el resto; al parecer, no la esperaban en ningún otro lugar y por comodidad o gratitud, seguía ahí. Se daba cuenta de que no lo quería, pero era casi feliz sintiéndola cerca. Todo no se puede tener.
                       Levantó la vista, ella bajaba por la escalera distraída, arreglándose el pelo. Cuando estuvo a su lado, rozó su mejilla y le dijo, como siempre, “andá a descansar, ya estoy yo”. El la retuvo un momento, aspiró su aroma a recién bañada y luego se fue yendo despacio. No había llegado al primer escalón cuando un estampido a su espalda lo paralizó. Al darse vuelta la vio tendida, la sangre comenzaba a rodearla. El borracho, sostenía en su mano vacilante el arma, todavía humeando.

viernes, 26 de junio de 2020

DE DUENDES Y DE HADAS


                         Las hojas, semejantes a grandes acelgas, se movían nerviosamente. Una ardilla, asustada, salió trepando por los árboles más cercanos, pero no se alejó demasiado para observar a cierta distancia qué ocurría ahí. Al fin y al cabo el viento no soplaba ese día, por el contrario, una calma sospechosa reinaba en el bosque. Si casi no se oía el piar de los pájaros.
                    Dos ciervos cruzaron delante de sus ojos como si huyeran de alguna persecución. A partir de este momento todo fue calma otra vez. Ya sea por aburrimiento o por cansancio, la ardilla cayó en un profundo sueño.
                    Un pequeño duende, vestido de azul, salió tímidamente de su escondite. Miró hacia todos lados e hizo señas a los demás, que también fueron apareciendo con algún temor, sacudiendo el polvo de sus coloridos trajes. Un murmullo llenó el ambiente, unos y otros querían hablar y no se ponían de acuerdo. ¿Cómo despertar a la joven dormida tan profundamente? Ninguno notó a pocos pasos a una figura esbelta y rodeada de luz que seguía atenta sus movimientos. Cuando la discusión hubo llegado a un punto sin retorno, ella intervino, suave y decidida. Acercando su varita al grupo de duendes, realizó tres giros rápidos y todos ellos fueron alcanzados.
                     La ardilla despertó al sentir una ráfaga de aire que la envolvía. Allá abajo, entre los matorrales, un grupo de enanitos bailaban junto a Blancanieves.


sábado, 20 de junio de 2020

EN EL DÍA DEL PADRE, "ALLÁ EN ITALIA"


            En sus últimos días, él me hablaba de su pueblito natal, allá en Italia. Relataba anécdotas de sus viajes diarios al monte, para que las cabras retozaran. Quiero hacer memoria para repetir alguna de esas historias, pero sólo recuerdo su cara, su mirada perdida, como si ya no estuviera acá, como si la inminencia de su partida final lo hubiera depositado otra vez en la infancia.
            -Cómo, ¿ya te vas tan rápido?
 Su pregunta me sorprendió, siempre me decía:
-Andá, que tenés que hacer, yo estoy bien.
No quise darme cuenta de que ya no podía seguir con nosotros mucho tiempo más, por eso la urgencia de contar lo que en su mente todavía quedaba intacto, el pueblito, un libro leído de apuro, mientras el sol se filtraba desde algún pequeño arbusto, cobijándolo en su descanso, después del almuerzo frugal que su madre le había preparado muy temprano, antes de subir al monte.             
              Ahora, cuando alguien cercano, comienza a reiterar sus historias de infancia, presto mucha atención, me quedo a su lado todo lo que puedo y más, en tu homenaje, papá.


jueves, 18 de junio de 2020

LOS ZAPATOS DE MI TÍA


                         Cuando tenía algo más de seis años, pasaba mucho tiempo en el patio trasero, jugando o leyendo cuentos.
Detrás de mí, sobre el techo de chapas que correspondía a la cocina del abuelo, dormían al sol los zapatos de mi tía que vaya a saberse el por qué, ella dejaba ahí, abandonados. Alguna que otra vez, subía con la escalera de madera y estirándome con cuidado alcanzaba a bajarlos, aunque de pares diferentes, nunca estaban juntos a mano. Me daba unos buenos porrazos andando en las alturas por un buen rato, hasta que alertados por el taconeo, aparecía alguno de mis tíos a llamarme la atención. De todos modos, no era nada placentero calzarlos, estaban tan endurecidos que lastimaban mis pies. Cuando crecí, olvidé preguntarle a mi tía para qué los dejaba en ese lugar, en lugar de tirarlos a la basura. Y ahora ya es tarde, murió delirando persecuciones. Fue una mujer hermosa, tuvo infinidad de pretendientes pero con ninguno logró formar una familia. Quizás esa no era su ambición, recuerdo muy bien un último contacto telefónico. Al llamarla para reunirnos en Navidad, su respuesta fue lapidaria. “Para qué? Tengo que gastar en regalos, ustedes son un montón y yo sola para todos.” No estaba lejos de la verdad, pero nunca entendió que no queríamos regalos, sólo compartir los festejos con la familia. Eligió a su hermano menor para continuar ligada al resto. Y hacía periódicos viajes a San Miguel, donde él vivía, reprochándole que no la visitara más seguido. Él y una antigua amiga, fueron su compañía. Los sobrinos y nuestra prole no participamos de sus últimos años, aceptamos su decisión, que mantuvo firme hasta el final.


miércoles, 17 de junio de 2020

CUIDAR LOS DETALLES


                        Miro el entorno donde me senté a escribir y me reconozco, no en este tiempo, sino cuando recién lo habitaba, muchos años atrás. En ese entonces la cocina era mi favorita y ahí pasaba gran parte del día. Hoy todo cambió, cada rincón tiene su encanto, voy paseando mi osamenta por todos los ambientes, plena dueña de mi casa y cuido los detalles de cada lugar.
                        Cuidar los detalles, para mí, no significa sacar lustre. Eso se lo dejo a los vanidosos. Encontré la razón perfecta para no exigirme la excelencia, la vanidad y el brillo van de la mano y no tengo nada que ver con ninguno de los dos. El polvo que pueda acumular la biblioteca pertenece a un orden al que soy ajena. Y digo, el polvo forma parte de la naturaleza y la naturaleza me fascina. Recorrer lugares, encontrar un árbol enmarcado en un fondo de agua de río. O caminar por la orilla del mar, temprano en la mañana, con el horizonte brillante de sol.
                         Digamos que lo que más me cuesta es cuidar los detalles en las relaciones con las personas, sobre todo porque también depende del humor de cada uno, pero con buena voluntad y tolerancia se puede lograr, cuidando los detalles.            




lunes, 15 de junio de 2020

GUIJARROS EN EL CIELO


Cuando cae la tarde
y el oeste se pinta de escarlatas dorados
nostalgio mirar hacia el infinito.
Imagino otros soles
otro universo
otra realidad.
Qué poco sabemos
cómo nos asemejamos
a pequeños
guijarros en el cielo.