Resulta que iba
como siempre, con los ojos en el pavimento por el tema de los regalitos caninos, cuando vi una foto carnet ahí nomás,
tirada. Lo primero que vino a mi cabeza fue, zas, una pelea de enamorados.
Pero no, la que aparecía en el papel chiquito, cuadrado, era mi cara. No la de
ahora, sino la de hace algunos años atrás, bueno, deben ser como cuarenta más o
menos.
Me quedé parada,
inmóvil, como una idiota, por algunos segundos. No podía despegarme de ese
pedacito de vereda. La recogí y la miré con más detenimiento. Claro que era yo,
ninguna duda, pero cómo había llegado a ese lugar, en medio de la calle y
cuándo. La di vuelta, sólo un sello, sin fecha ni otro dato que pudiera
orientarme. Comencé a caminar despacio, tratando de entender qué estaba
sucediendo. Tropecé con alguien, la foto se deslizó de mi mano y cayó. Al
querer recuperarla, la imagen de una desconocida sonreía desde el piso, la cara
de la mujer con la que había tropezado. Se la entregué y seguí rápido hasta mi
casa, un escalofrío me corría por la espalda. Fui a la computadora y encontré
esto en Internet. En la época de los equinoccios suele ocurrir que se muestren los
duplicados de nuestros rostros en los momentos más felices de nuestra vida, sobre
las veredas que a diario transitamos. Sólo debemos mirarla una vez, si lo
hacemos una segunda, la apariencia cambiará por la de una persona que nos salga
al encuentro, en ese preciso instante.