Cuando aún éramos cinco los que habitábamos el departamento colgaba la
ropa en la terraza del edificio. Un día, al ir a retirarla, noté que faltaba
una sábana ajustable. Encendida por el enojo bajé corriendo, tomé un papel y
escribí con grandes letras, “Ojalá la sábana que me robaste te sirva de mortaja
para vos y toda tu familia” Y lo firmé. Colgué con un broche el cartel en el
mismo lugar. Al día siguiente me llama la encargada, alguien había dejado en su
puerta, muy bien dobladita, la sábana.
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