Mi anterior post trató sobre la
felicidad de dar. Bueno, charlando con
mi amiga Irene hace unos días atrás, hice un descubrimiento no muy agradable
sobre mí, que resultó ser la otra cara de mis buenas intenciones. Resulta que
la conversación versaba sobre salir a comer con amigas y compartir. Ella me
contaba que le disgustaba la manera en que una de ellas se comportaba. Pedía un
plato en exceso suculento para ella sola y luego dejaba la mitad. Ante la
pregunta de por qué no lo repartían entre las dos, su amiga le contestó que lo
dejaba para los pobres. El problema residía en la manera en que alguien que lo
necesitara pudiera acceder a esa comida. Si el restaurante lo descartaba, ¿cómo
entonces se podría cumplir su buen propósito?
Mirando entonces mi propio comportamiento vi que en mi caso ¡de ningún
modo me dejaría convencer de compartir mi postre!