Si te hubiera visto
cuando me mirabas
quizás nuestras vidas
hoy juntas rondaban
Más no pude verte
mi dolor callado
aún lastimaba
Si al menos pudieras
volver a mirarme
mis ojos mi alma
tal vez encontraras
Te estaré esperando
no tardes no
tardes
Si te hubiera visto
cuando me mirabas
quizás nuestras vidas
hoy juntas rondaban
Más no pude verte
mi dolor callado
aún lastimaba
Si al menos pudieras
volver a mirarme
mis ojos mi alma
tal vez encontraras
Te estaré esperando
no tardes no
tardes
La reunión llegaba a su fin
Ebria de felicidad
despedía a los últimos invitados
Su marido acompañaba a la pianista
Intrigada preguntó
¿La llevás a Sara?
No querida, me voy con ella
Y lo dijo así
Como al pasar
Regresaba al Banco después de mi
hora de descanso, cuando a media cuadra observé a la pareja que salía de la
sucursal. Él, era un cliente; ella, rubia, vestida de rojo y muy elegante, no.
Los dos, con idénticos maletines. A unos pasos de la peatonal, cuatro tipos de
riguroso traje oscuro los rodearon.
El tráfico me impedía avanzar.
Un movimiento en el grupo dejó al descubierto un arma de fuego, que derribó de
un certero disparo al cliente sobre la vereda.
Con los maletines que
antes llevara la pareja y aferrando de un brazo a la mujer, partieron hacia la
esquina donde yo aguardaba para cruzar. Mientras ellos ascendían a un automóvil
con el motor en marcha, quise arrebatarles a su víctima. Pero al acercarme vi
que ella sonreía, suave y aviesamente sonreía.
Mis ojos ven más allá
De la mesa ovalada
De la taza vacía.
Se remontan a un tiempo
En que el alma vibraba
Con los sones del cuerpo
Remolinos de viento
Recordando aquel día.
En el hoy se han quedado
Esa taza
La mesa
Mi mirada
La vida.
Había llegado a Montevideo
para pasar las vacaciones con mi abuela Teresita. Al día siguiente fuimos a visitar
a una amiga, que ya mayor, tenía un hijo de mi edad. Verlo a Quique y enamorarme
fue todo uno. Su manera de ser, serio y amable al mismo tiempo, cautivaron mi
corazón de inmediato. Las visitas se continuaron sin que tuviéramos gran
comunicación, pero una tarde me invitó a dar un paseo por el puerto. Caminamos
un rato en silencio y de pronto sus palabras asomaron sorpresivas.
Ahí
vive con la abuela, dijo, con sus ojos traspasándome, absorto en el recuerdo.
La mordedura de los celos caló hondo, pero me recompuse para sonreírle y
continuar caminando como si nada, por la costa, cerca del agua. A unos metros,
el viejo caserón, similar a un castillo, guardaba la imagen de una desconocida
que ya no lo amaba más. Creí ver un movimiento en el cortinado de una de las
ventanas e imaginé a alguien mirándonos. Un piano sonaba melancólico, las
últimas notas cayeron en medio de los dos.
Pedrito entró cautelosamente al ático, aprovechando que el abuelo había
acudido a una llamada telefónica y la puerta se encontraba entreabierta. Tenía
prohibido hacerlo, pero la curiosidad fue superior al temor del castigo por
desobedecer. Vió con asombro ese enorme tubo apuntando hacia arriba contra el
gran ventanal y buscó una silla para treparse y ver de qué se trataba. Sus ojos
asombrados se enfrentaron con la luna muy cerquita y se asustó. Salió corriendo
y la silla se desmoronó contra el andamiaje, dejando al aparato totalmente
derribado. Cuando el astrónomo regresó al estudio, estalló de furia, pero antes
de tratar de volver todo a su lugar miró por el telescopio el paisaje, y lo que
vió lo dejó estupefacto. Allá afuera, a la orilla del mar y sobre una roca, un
joven juglar desgranaba notas con su mandolina, cantándole a ¡SU LUNA!
El hombre
paró el taxi con semblante demudado, siga a ese coche le dijo al chofer. El
taxista lo miró por el espejo retrovisor y le dijo, ¿a quién sigue? A mi mujer,
que está con otro hombre en ese automóvil. ¿Y ya sabe qué va a hacer? La cabeza
gacha del pasajero le dio una esperanza. No, yo hice lo mismo hace poco tiempo.
Entonces vaya a su casa y tómese un whisky, después se va a sentir mejor. Lo
llevó de vuelta y no le cobró.
La anciana
extendió apenas la mano y paró el taxi. El chofer arrimó a la vereda para que
ella ascendiera. En cuanto se sentó comenzó a llorar. Señora, ¿puedo ayudarla
en algo? No, gracias señor, muy amable, es un tema de familia. Ah! Disculpe que
me meta, ¿alguna enfermedad? No, es de paternidad. ¿Cómo es eso? Mi hijo se
acaba de enterar de que su padre no era quien creía, tuve un amor de juventud
antes de casarme. Y ahora no quiere ni verme. Déle tiempo, señora, no llore por
anticipado, esas noticias son fuertes para deglutirlas de una. ¿Le parece? Por
supuesto, ya va a ver que mañana o pasado la llama. Muchas gracias, señor, me
quita un poco la angustia que estoy viviendo. No es nada, y para que se sienta
mejor, ¡no le cobro el viaje!
La
adolescente paró el taxi de madrugada, tiritando de frío. El taxista la miró y
se compadeció. ¿Adónde vas? Mire señor, el tema es que no tengo dinero, mi papá
se enojó conmigo porque me escapé para ir a bailar sin su permiso, lo llamé pero
me dijo que me arregle, no quiso venir a buscarme. Así que le pido que me lleve
y ahí veo que mi mamá le pague el viaje. El chofer respiró hondo y pensó: El
tercer viaje del día con quilombos y yo siendo generoso con todo el mundo, ¡hoy
sí que perdí como en la guerra! ¡Y por boludo!