La modernidad y el poco espacio de que disponemos para vivir en familia
ha complicado el hacerse cargo de los mayores, sean abuelos, padres o tíos,
cuando ellos ya no pueden hacerlo por sí mismos. Esa imagen que tenemos grabada
los que pasamos los sesenta, de la gran casa donde siempre había lugar para
alguien más, forma parte del pasado de las ciudades, en la mayoría de los
casos. Y la decisión de derivarlos a un geriátrico es muy difícil y dolorosa,
pero necesaria casi siempre. Los medios económicos no permiten contratar
personal para la atención domiciliaria, los costos son muy elevados. Cada familia tiene su funcionamiento propio,
padres que trabajan, hijos que estudian, ¿quién puede hacerse cargo de la
atención diaria de los abuelos? Entonces comienzan los problemas, las
discusiones, el dolor.
Se llega al desenlace como a una isla el náufrago, se hacen
cuentas, se busca el lugar adecuado, se reparten tareas y visitas para no dejar
solos a los que se irán a un lugar distinto y desconocido. Es un nuevo mundo al
que se accede con un gran sufrimiento por ambas partes, por ese motivo es
necesario hablar con franqueza, explicar con claridad, brindar todo el cariño
para que no falte contención y cuidado. Y no sentir culpas, la vida a veces nos
pone en estos bretes y tenemos que asumir responsabilidades. A mí me tocó
hacerlo algunos años atrás, tal vez por eso pueda contarlo.