sábado, 22 de septiembre de 2012

APENAS AL BORDE

                            Habíamos caminado cuadras y cuadras bajo la persistente llovizna. Yo, parloteaba agitada por el paso presuroso, la respiración entrecortada. El, me observaba de reojo y sonreía; hablaba de los logros de su pareja, con entusiasmo. Yo, aprobaba con mi cabeza.

                        

                            Íbamos a cruzar una calle y el semáforo nos frenó. Quedamos muy juntos; él, se inclinó suavemente, yo, esquivé su cara. Un rictus de desencanto cambió sus facciones de un momento para el otro. Cuando llegábamos casi a la vereda de enfrente, su pie, apenas acarició el borde del cordón. Dio media vuelta y se perdió en la noche.     

martes, 11 de septiembre de 2012

IMAGEN EN EL ESPEJO

          Sentada en el borde de la cama, (mi espalda se encorva con facilidad ahora) miro la imagen que me devuelve el espejo de la cómoda. Observo detenidamente el contorno, reflejado en las paredes; los retratos, los veladores disímiles por roturas irrecuperables, y el ventilador, en el centro del techo, detenido a la espera del verano.


           Apoyo mi mano en la fría superficie. Cierro los ojos y pienso hacia atrás, horas diferentes en un cuerpo joven, confiado, mañanas con chicos y escuela, noches en vela con anginas, días y años corriendo en el tiempo. Los chicos ya crecidos, sus vidas independientes, renovados temores, que no sufran, que no sufran.


            La mujer sentada en la cama, ya no está ahí.
En cambio, un nuevo retrato muestra, en la pared de enfrente, a una anciana, sonriendo.



jueves, 6 de septiembre de 2012

ESTOY SEGURA DE QUE SE MOVIÓ

No quiero decir mucho delante de esta gente que no conozco bien. Más tarde te cuento, pero te aseguro que no estoy loca, el piano se movió de lugar. Imaginate que algo tan pesado cambie de espacio así como así, es impensable. Consulté con Dorita, ella me juró y recontrajuró que no lo tocó para nada, pasó la aspiradora como siempre pero no lo movió un centímetro.   Menos mal que la tengo a ella de testigo, sino cualquiera diría que tengo visiones o la edad me está trayendo delirios. Bueno, está bien, venite a casa en cuanto puedas, mañana a la tarde estoy, un beso, chau.

                          Pasá, pasá, qué calor nó. Dame el paraguas, claro, te entiendo, ahora llueve cuando uno menos lo espera. Preparé el té, pero si querés hago unos mates. No te hubieras molestado, qué ricas son estas masitas, las compraste en la esquina. Viste las delicias que hacen ahí. No se puede creer y los precios no te matan, porque por lo general lo bueno es caro. Mirá y decime si notás el desplazamiento, siempre estuvo casi pegado a la ventana, ahora está casi en el centro de la sala, es muy evidente. Claro, claro, pero qué tiene que ver el terremoto de Chile, sí, leí que tuvimos un corrimiento del eje del planeta, pero no será para tanto nó. Vení, vamos a la cocina, así estamos más cómodas.

                           No oís la música, de dónde viene. Qué raro, mis vecinos están afuera, esto es muy solitario cuando viajan. De dónde viene esa melodía, vení, quiero sacarme la intriga, pero no te asustes mujer, acompañame a la puerta de calle nada más, por ahí es un festival callejero de esos que arma el gobierno de la ciudad…AAAAYYYYYYYY…

                           (En medio de la sala, se ve el piano abierto y sus teclas moviéndose con gran energía, al ritmo de Bach)

sábado, 1 de septiembre de 2012

VECINDAD

               Enfrente hay un edifico más viejo que el mío, alguien observa disimulado, igual que yo, lo que pasa alrededor; la curiosidad nos aúna y acorrala. Nada de mirar directamente, sólo de soslayo, inclinando la cara hacia otro lado, no quedar en evidencia. El primer piso fue remodelado hace unos quince años, llegó una mujer joven con su pequeño hijo y ahí nomás hubo festejo, luces, globos, ruido, gente entrando y saliendo del balcón. El bullicio fue el acicate, me asomé de inmediato y vi a un grupo de chicos de no más de seis o siete años, arrojando los globos hacia la calzada y disfrutando en grande cuando el paso de un automóvil los hacía explotar. Suspiré aliviada cuando una parejita de enamorados que transitaba por la vereda, alcanzó a salvar algunos y se los llevó de souvenir. Ahora la mujer está sola, el hijo no aparece, al menos no por el balcón.
En el último piso también hubo diferentes remodelaciones, ya con la ventaja del patio terraza que fue cubierto y acondicionado con equipo de aire. Ahí vive un matrimonio de mediana edad, un  adolescente se deja ver de vez en cuando. Hace dos años nació un segundo hijo. El es alto, corpulento, con un abdomen  considerable. Se sienta en su cómodo sillón y mira hacia donde estoy, asomando su cabeza entre la mampara y el enrejado. Digo, mira, pero disimula, como yo. Abarcamos la totalidad del paisaje con aparente indiferencia. La mujer es bajita, morocha y agradable, ella riega las plantas y acomoda al pasar, luego desaparece. Mi balcón es abierto, yo salgo, me instalo en los sillones, extiendo las piernas y tomo mate o leo, según la hora. Aunque el mate no tiene horario, hay ocasiones en que el calor de la noche me lleva a la brisa fresca y a la infusión reparadora. Desde hace un tiempo, lo hago de espaldas a mi compañero curioseador, para demostrarle que no me importa si está ahí o nó para vistear. Giro la cabeza y espío por el rabillo, lo adivino en la oscuridad. A veces enciende y apaga las luces al momento, como un mensaje, acá estoy. Cuando decido entrar y bajo la persiana, siento su mirada clavada en mí como diciendo, hasta mañana.

sábado, 25 de agosto de 2012

AMOR REAL

                          Lo pusieron allí y de vez en cuando le echan agua, pero su apariencia no mejora. Me estoy secando, piensa el arrayán. Nadie se da cuenta, de a poco pierdo lozanía. Sus pequeñas hojas van cayendo sobre la heladera que le sirve de apoyo. La dueña de casa parece desconocer lo básico para mantener viva una planta, o un árbol, porque se sabe que el arrayán es un árbol, o lo será en el futuro, si llega, claro.

                           Enfrente, a escaso metro y medio y con unas pocas hojas verdes, muchas amarillas y un solo manojo de florcitas, un malvón está pasando por una situación similar, colgado de un portamacetas, entre las dos aberturas de la cocina- lavadero. Me riegan sólo cuando es necesario, piensa,  pero voy camino a secarme.

                            Un día, se encontraron los dos en el balcón, uno al lado del otro, muy juntos. El malvón, sorprendido con la nueva compañía, lo miraba de reojo, lo olía al arrayán. Estaba a la vista que no producía flores. Él, al menos tenía un ramillete, aunque casi marchito. Temblaba, pensando que, si no engendraba nuevos pimpollos, perecería.

                             El arrayán, mientras tanto, comenzó a sentir la proximidad de esa plantita insignificante que le habían puesto al lado. Él debería tener un lugar propio y bien amplio, con una base de tierra sustentable, de otro modo, ¿cómo cumpliría su destino de árbol?

                             Sin embargo, le caía bien el malvón. Por las noches, cuando la brisa era más fresca, veía extenderse sus ramas, como para alcanzarlo. Tal vez no le fuera indiferente tampoco, y buscara su protección con el fin de hacer amistad. ¿Por qué no?  Lo mejor sería que unieran sus energías y planearan una relación en común para tener algún futuro.

                             Fruto de esta unión, el arrayán, con sus hojas tiernas y lustrosas, hoy desborda la maceta y el malvón luce orgulloso sus ramilletes de flores rojas, que van naciendo y muriendo en un ciclo sin fin.

sábado, 18 de agosto de 2012

DE DUENDES Y HADAS

                   Las hojas, semejantes a grandes acelgas, se movían nerviosamente. Una ardilla, asustada, salió trepando por los árboles más cercanos, pero no se alejó demasiado para observar a cierta distancia qué ocurría ahí. Al fin y al cabo el viento no soplaba ese día, por el contrario, una calma sospechosa reinaba en el bosque. Si casi no se oía el piar de los pájaros.

                    Dos ciervos cruzaron delante de sus ojos como si huyeran de alguna persecución. A partir de este momento todo fue calma otra vez. Ya sea por aburrimiento o por cansancio, la ardilla cayó en un profundo sueño.

                    El más pequeño, vestido de azul, salió tímidamente de su escondite. Miró hacia todos lados e hizo señas a los demás, que también fueron apareciendo con algún temor, sacudiendo el polvo de sus coloridos trajes. Un murmullo llenó el ambiente, unos y otros querían hablar y no se ponían de acuerdo. Ninguno notó a pocos pasos a una figura esbelta y rodeada de luz que seguía atenta sus movimientos. Cuando la discusión hubo llegado a un punto sin retorno, ella intervino, suave y decidida. Acercando su varita al grupo de duendes,  realizó tres giros rápidos y todos ellos fueron alcanzados.

                     La ardilla despertó al sentir una ráfaga de aire que la envolvía. Allá abajo, entre los matorrales, un grupo de enanitos bailaban junto a Blancanieves.


sábado, 11 de agosto de 2012

NO LO PUEDO CREER

               Escuché sin querer la conversación, entonces decidí que esa misma noche iba a seguirla, no soportaba la duda. Me paré en la ochava, apenas doblando sobre la avenida, para que no me viera al salir del edificio. El foco quemado ayudaba en la semi-penumbra. Ahí está, sale sonriendo y apurada, saludando con la mano a la compañera que va en dirección contraria. Cruza antes del cambio de semáforo y casi al trote pasa por mi lado. Yo empiezo a caminar detrás y veo que el tipo se le acerca y la besa con alma y vida, abrazándola por la cintura. Aprieto los puños, las uñas se clavan en mis palmas, los dientes mordiendo la bronca. Tengo que calmarme.  Ellos comienzan a andar tranquilos, con las cabezas muy juntas, embobados y dándose besitos, como dos adolescentes. Me pregunto si ella no tiene vergüenza, si no siente temor de que  alguien la vea. Y acá estoy yo, su marido hasta mañana, si no la mato antes, claro. Se detienen y paran un taxi, suben y desaparecen de mi vista, dejándome como un boludo, mirando la nada. Reacciono, paro otro taxi y le grito al chofer: ¡siga ese coche!, ¿cuál?, ¡ese, que va ahí adelante! El tipo, desde el espejo, dice, ¿de verdad quiere seguirlos? ¿Y si entran a un telo, qué va a hacer? Una muda palidez me invade. El piola, el que se las sabe todas, el que siempre copó la parada, ahora traicionado. El terror afloja mi vejiga y mojo el asiento, sin ninguna esperanza.