Yo escucho siempre detrás de las
puertas. Es la única manera de enterarme de lo que pasa. Mi vieja me huele y
cuando hablan con mi viejo y las otras tías se fijan primero si ando cerca.
Pero como me escondo bien, casi nunca se dan cuenta. La mamá de Cachito se las
tomó con un pariente lejano que le dicen el primo Juan Carlos. Primero se iba a
ir un tiempo a pasar algunos días allá donde él vivía, pero al final se fue y
chau. Pobre Cachito, me da lástima, lo veo tan zonzo, haciéndose el bebé con
ese conejo pelotudo que arrastra de acá para allá, que le tuve que decir la
verdad. Para que no se rieran de él por atrás los otros pibes del barrio.
Porque las chusmas que se enteran de todo desparraman las noticias y los muy
hijos de puta se la agarran con mi primo. Yo lo voy a defender si lo cargan de
nuevo cuando pase en bici por la otra cuadra, donde están los tarados estos.
También, pone en el canasto a ese conejo mugriento del que no se separa ni a
sol ni a sombra. Cómo no lo van a jorobar, no sé cómo no se da cuenta de que ya
está grande para andar con peluches. Se ofende si le digo que es un juguete, él
dice que es su único amigo, ¿y yo qué soy entonces? Soy su primo, pero también
su amigo, el que lo acompaña cuando sale solo a caminar; como todavía es chico,
en una de esas se pierde, y el padre está tan mareado que ni se da cuenta de lo
que hace. Se la pasa suspirando y tomando mate en la puerta de la pieza. A
veces parece que se le vuelca el agua porque saca el pañuelo y se seca las
manos y después se suena la nariz. Cada día está más flaco, ni la comida hace
ya. Menos mal que Cachito viene a comer con nosotros, sino se lo estaría llevando
el viento, como a mi tío. Hoy es sábado y en un rato van a venir todos los
parientes, los escuché anoche, van a hacer una reunión para decidir qué se hace
con él. Si a alguien se le ocurre llevárselo lejos, están locos, no se los voy
a permitir. Le voy a prestar mi cama, que se acueste a los pies, y también los
patines, esos que tienen las ruedas torcidas pero todavía sirven. Y los dos nos
vamos a ir a la plaza, todos los días un ratito, hasta la hora de la leche.
miércoles, 8 de julio de 2020
sábado, 4 de julio de 2020
¡YA NO ESTOY AQUÍ!
Hace
más de una semana abandoné este mundo y en mi familia parecen no darse por
enterados. Miran hacia mi cama y hablan entre ellos en voz baja, luego me
sonríen con ánimos. Actúan con afecto y consideración, me
preguntan cómo me siento. ¿Que cómo me siento? ¡Ausente me siento! ¿No me ven acá
arriba, dando vueltas y vueltas?
Ya en la mañana temprano
empieza el desfile, yo les grito, ¡Ey, acá estoy! Ellos como si nada, cambian
las sábanas, sonriendo, siempre sonriendo. ¡Qué caras de estúpidos tienen!
Nunca vi gente tan cabezadura. Me da pena por los chicos, ellos me traen
caramelos, se sientan y me cuentan lo que hicieron durante el día, si se
pelearon en la escuela. Eso es lo que más voy a extrañar. Las charlas con mis
nietos, son tan chiquitos e inocentes. Pensar que un día van a ser tan tontos
como sus padres y tíos, que no se dan cuenta de que el viejo se fue.
miércoles, 1 de julio de 2020
NO COMER CARNE ALARGA LA VIDA... ¡SOBRE TODO LA VIDA DE LA VACA!
Empieza como chiste, pero es la
realidad que se vive en muchos lugares y personas. Todo lo que se haga para
vivir bien y comer saludable es loable, por lo tanto, si alguien decide que su
dieta sea solo vegana o vegetariana o sus variables, exentas del consumo de
carne animal, bienvenido sea. Así como pienso que está bien y es sano decidir
cada uno su alimentación, también opino que no está bueno meterle ideas como martillo
en la cabeza de los otros, decisiones personales. Porque esto es lo que sucede
muchas veces. Una persona conocida del ambiente artístico, en pleno aire de
televisión, dijo que no hay que vacunarse, que no es necesario si se toma el
vaso gigante con alimento de color verde en su interior, cada mañana. Afirmó,
que la alimentación exenta de carne animal no necesita de vacunas en las
personas que así lo hacen. Una burrada fenomenal, que gracias a la pronta
difusión, tuvo sus desmentidas por distintos profesionales de la salud. Pero,
como todo influye, hubo gente que hizo caso de esos consejos delirantes, no
vacunó a sus hijos y hubo rebrotes de sarampión y sus nefastas consecuencias. Familiares
míos que han comido suculentos asados, vivieron muy bien por muchos años. Hace
un tiempo, hubo un reportaje a dos hermanos gemelos que cumplían noventa y
tantos años, uno era abstemio y no consumía carne, el otro tomaba vino a diario
y comía todo tipo de corte animal. Se los veía muy bien a los dos, contentos y felices.
Y me parece que esto puede cerrar el tema, lo importante es hacer uno lo que
siente, y dejar a los demás que hagan lo mismo.
domingo, 28 de junio de 2020
EL FORASTERO
(En este tiempo estoy sacando de mi carpeta de cuentos algunos viejitos que andan por ahí, no sé si alguno ya fue publicado en el blog, pido disculpas por las dudas, desde 2011 ya perdí la cuenta!)
El hombre llegó arrastrando
los pies y se sentó a beber, casi no se lo escuchó hablar. Su portafolios,
viejo y raído, reposaba en el piso, cerca del mostrador. Dejaba pasar las horas
con el vaso en la mano, a veces agitaba el aire hasta encontrarlo y bebía
insaciable.
El dueño del boliche lo
llenaba de nuevo, como atento a una orden predicha, un acuerdo entre los dos.
De a ratos lo observaba de reojo, calculando cuándo caería inconsciente.
Pensaba, “otro más para el fiado, mejor le voy cobrando ahora para no perder
todo después”. Le llamaba la atención que de vez en cuando girara la cabeza
hacia la escalera. Su mujer llegaría de un momento a otro, no le gustaba
madrugar. Se miró las manos, las manchas delataban la edad, años y años la
misma rutina, sin cambio en días y noches, ¿para qué? En el pueblo estaban
habituados a entrar y olvidarse del mundo, algunos jugaban a los dados, otros a
las cartas, la mayoría, simplemente se ponía a tomar hasta que había que
ayudarlos a llegar hasta sus casas. Estaba tardando demasiado, tendría que
subir a despertarla. Dos años atrás llegó como de paso y se quedó. Mejor dicho,
él la había hecho quedar, en cuanto la vio, se enamoró. Después, el tiempo hizo
el resto; al parecer, no la esperaban en ningún otro lugar y por comodidad o
gratitud, seguía ahí. Se daba cuenta de que no lo quería, pero era casi feliz
sintiéndola cerca. Todo no se puede tener.
Levantó la vista, ella
bajaba por la escalera distraída, arreglándose el pelo. Cuando estuvo a su
lado, rozó su mejilla y le dijo, como siempre, “andá a descansar, ya estoy yo”.
El la retuvo un momento, aspiró su aroma a recién bañada y luego se fue yendo
despacio. No había llegado al primer escalón cuando un estampido a su espalda
lo paralizó. Al darse vuelta la vio tendida, la sangre comenzaba a rodearla. El
borracho, sostenía en su mano vacilante el arma, todavía humeando.
viernes, 26 de junio de 2020
DE DUENDES Y DE HADAS
Las hojas, semejantes a
grandes acelgas, se movían nerviosamente. Una ardilla, asustada, salió trepando
por los árboles más cercanos, pero no se alejó demasiado para observar a cierta
distancia qué ocurría ahí. Al fin y al cabo el viento no soplaba ese día, por
el contrario, una calma sospechosa reinaba en el bosque. Si casi no se oía el
piar de los pájaros.
Dos ciervos cruzaron
delante de sus ojos como si huyeran de alguna persecución. A partir de este
momento todo fue calma otra vez. Ya sea por aburrimiento o por cansancio, la
ardilla cayó en un profundo sueño.
Un pequeño duende, vestido de azul, salió
tímidamente de su escondite. Miró hacia todos lados e hizo señas a los demás,
que también fueron apareciendo con algún temor, sacudiendo el polvo de sus
coloridos trajes. Un murmullo llenó el ambiente, unos y otros querían hablar y
no se ponían de acuerdo. ¿Cómo despertar a la joven dormida tan profundamente?
Ninguno notó a pocos pasos a una figura esbelta y rodeada de luz que seguía
atenta sus movimientos. Cuando la discusión hubo llegado a un punto sin
retorno, ella intervino, suave y decidida. Acercando su varita al grupo de
duendes, realizó tres giros rápidos y todos ellos fueron alcanzados.
La ardilla despertó al
sentir una ráfaga de aire que la envolvía. Allá abajo, entre los matorrales, un
grupo de enanitos bailaban junto a Blancanieves.
sábado, 20 de junio de 2020
EN EL DÍA DEL PADRE, "ALLÁ EN ITALIA"
En sus últimos días, él me hablaba
de su pueblito natal, allá en Italia. Relataba anécdotas de sus viajes diarios
al monte, para que las cabras retozaran. Quiero hacer memoria para repetir
alguna de esas historias, pero sólo recuerdo su cara, su mirada perdida, como
si ya no estuviera acá, como si la inminencia de su partida final lo hubiera
depositado otra vez en la infancia.
-Cómo, ¿ya te vas tan rápido?
Su pregunta me sorprendió, siempre me decía:
-Andá, que tenés que hacer, yo estoy bien.
No quise darme
cuenta de que ya no podía seguir con nosotros mucho tiempo más, por eso la
urgencia de contar lo que en su mente todavía quedaba intacto, el pueblito, un
libro leído de apuro, mientras el sol se filtraba desde algún pequeño arbusto,
cobijándolo en su descanso, después del almuerzo frugal que su madre le había
preparado muy temprano, antes de subir al monte.
Ahora, cuando alguien cercano, comienza
a reiterar sus historias de infancia, presto mucha atención, me quedo a su lado
todo lo que puedo y más, en tu homenaje, papá.
jueves, 18 de junio de 2020
LOS ZAPATOS DE MI TÍA
Cuando tenía algo más
de seis años, pasaba mucho tiempo en el patio trasero, jugando o leyendo
cuentos.
Detrás de mí, sobre
el techo de chapas que correspondía a la cocina del abuelo, dormían al sol los
zapatos de mi tía que vaya a saberse el por qué, ella dejaba ahí, abandonados.
Alguna que otra vez, subía con la escalera de madera y estirándome con cuidado
alcanzaba a bajarlos, aunque de pares diferentes, nunca estaban juntos a mano.
Me daba unos buenos porrazos andando en las alturas por un buen rato, hasta que
alertados por el taconeo, aparecía alguno de mis tíos a llamarme la atención.
De todos modos, no era nada placentero calzarlos, estaban tan endurecidos que
lastimaban mis pies. Cuando crecí, olvidé preguntarle a mi tía para qué los
dejaba en ese lugar, en lugar de tirarlos a la basura. Y ahora ya es tarde,
murió delirando persecuciones. Fue una mujer hermosa, tuvo infinidad de
pretendientes pero con ninguno logró formar una familia. Quizás esa no era su
ambición, recuerdo muy bien un último contacto telefónico. Al llamarla para
reunirnos en Navidad, su respuesta fue lapidaria. “Para qué? Tengo que gastar
en regalos, ustedes son un montón y yo sola para todos.” No estaba lejos de la
verdad, pero nunca entendió que no queríamos regalos, sólo compartir los
festejos con la familia. Eligió a su hermano menor para continuar ligada al
resto. Y hacía periódicos viajes a San Miguel, donde él vivía, reprochándole
que no la visitara más seguido. Él y una antigua amiga, fueron su compañía. Los
sobrinos y nuestra prole no participamos de sus últimos años, aceptamos su
decisión, que mantuvo firme hasta el final.
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